«Prácticamente todos los músicos gallegos hemos pasado antes o después por una banda de música»
El trompetista barrense compagina su labor en la prestigiosa Orquesta Sinfónica de Chicago con la docencia y la investigación sobre su instrumento

El trompetista gallego Esteban Batallán Cons. / FDV
Esteban Batallán (Barro, Pontevedra, 1983) es, desde 2019, trompeta principal de la Orquesta Sinfónica de Chicago, una de las formaciones más prestigiosas del mundo y célebre por su legendaria sección de metal. Compagina esa faceta con la docencia como profesor en la Universidad DePaul y coach de la Civic Orchestra of Chicago, la orquesta joven vinculada a la Chicago Symphony. Mañana domingo recibirá una de las Medallas Castelao 2026 en un acto que se celebrará en la Iglesia de San Domingos de Bonaval, en Santiago.
Formado en los conservatorios de Pontevedra y Vigo y en la Escuela de Altos Estudios Musicales de Galicia, Batallán fue anteriormente trompeta principal de la Orquesta Filarmónica de Hong Kong, ha colaborado con algunas de las mejores orquestas internacionales y tocado bajo la batuta de grandes directores, como John Williams. Además de su faceta interpretativa, compone —actividad que define como un hobby— y desarrolla una intensa labor de investigación sobre la trompeta. Ha participado en el desarrollo de uno de los últimos modelos Bach en Do, un instrumento que lleva su nombre.
—Después de tantos años desarrollando su carrera fuera de Galicia, ¿qué significa para usted recibir la Medalla Castelao?
—Creo que este premio es, de alguna manera, el reconocimiento popular a una carrera de más de 35 años.
—Comenzó a tocar la trompeta con seis o siete años. ¿Hubo algún momento en el que dijo: "Me voy a dedicar a esto"?
—Sí. Hubo un momento, en torno a los 14 o 15 años, cuando descubrí la Orquesta Sinfónica de Chicago a través de una grabación. A partir de ahí me empezó a apasionar el mundo de la música sinfónica. Más que los pequeños recitales con piano o tocar en bandas, lo que realmente me atraía era la orquesta sinfónica. Fue entonces cuando pensé que quería dedicarme a ello. Sin ninguna pretensión; simplemente era lo que más me gustaba. Hace treinta años, además, no pensábamos tanto en el futuro como lo hacen ahora los jóvenes.

—Estamos hablando de la misma Orquesta Sinfónica de Chicago en la que toca hoy. ¿Qué supuso para usted entrar en esa orquesta?
—Siempre se dice que hay que soñar en grande. Para mí, fue un sueño cumplido. Llevaba muchos años admirando a esa orquesta, su manera de tocar y, especialmente, su sección de metales, que desde hace décadas es mundialmente famosa por un sonido muy característico que no se encuentra en otras orquestas del mismo nivel. Era una auténtica obsesión para mí. Cuando por fin llegué y me senté en esa silla, además liderando la sección de metales que tanto admiraba, fue una sensación difícil de describir.
—¿Cómo acaba un chico de Barro tocando en una de las mejores orquestas del mundo?
—¿Cómo llegué hasta aquí? Con perseverancia, mucho trabajo e ilusión. Al final, hablamos de un pueblo pequeño, de una provincia pequeña, dentro de un país que tampoco es muy grande y situado, además, en el sur de Europa. Muchas veces existe el tópico de que los países del sur solo sabemos de fiesta, en comparación con Alemania, Noruega o los países del norte.
«Mi padre decía que era un músico frustrado y quiso que sus hijos tuvieran la oportunidad que él no tuvo»
—¿Cree en la suerte?
—No voy a negar que estar en el momento adecuado en el lugar adecuado ayuda. Claro que ayuda. Pero después hay que demostrarlo. Cuando salió la audición para entrar en la Orquesta Sinfónica de Chicago tuve que hacer exactamente el mismo proceso que todos los demás. Empecé detrás de una cortina, en las pruebas preliminares, llegué a la final y allí fue cuando muchos se preguntaban quién era aquel español que había aparecido de repente. Con el tiempo ya entienden por qué estás ahí. No solo por cómo toco, sino porque conozco profundamente la historia de la orquesta, su tradición y todo lo que la rodea. Siempre tuve muchísima curiosidad por aprenderlo.
—Fue Riccardo Muti quien le nombró trompeta principal de la orquesta. ¿Qué supuso trabajar con él?
—Muti es uno de los mejores directores del mundo. Siempre ha sido una referencia en la ópera, desde su etapa en La Scala, pero también ha dirigido grandes orquestas sinfónicas como la de Filadelfia, la Philharmonia de Londres y la Filarmónica de Viena, con la que mantiene una relación de más de cincuenta años. Es una persona con un carisma especial y una forma de dirigir muy personal. Tiene esa aura que poseen quienes han llevado su profesión un paso más allá. Solo con conversar con él aprendes muchísimo.
—Usted compagina su faceta de intérprete con la docencia.
—Sí. Soy profesor en la Universidad DePaul de Chicago y también coach de la Civic Orchestra of Chicago, que es la orquesta joven vinculada a la Chicago Symphony. Es una orquesta-escuela, pero con características muy particulares. Sus integrantes reciben un salario y tienen una temporada de conciertos propia. No funciona como muchas orquestas jóvenes europeas, que se reúnen solo para encuentros puntuales. Algunos de esos músicos acaban incorporándose después a la Chicago Symphony.
«Las bandas acercan la música a los jóvenes sin exigirles que desde el primer día quieran ser profesionales»
—¿Percibe muchas diferencias entre la formación musical en Estados Unidos y en España?
—Sí, bastantes. En Estados Unidos la música y el deporte ocupan un lugar muy importante durante la enseñanza secundaria. Eso hace que prácticamente todo el mundo tenga algún contacto con la música y valore el esfuerzo que exige. Sin embargo, desde el punto de vista de la formación especializada, creo que España está por delante. Aquí existen conservatorios con profesorado dedicado exclusivamente a formar músicos. En Estados Unidos la enseñanza musical suele integrarse dentro del sistema escolar general y no existen conservatorios como los nuestros. Por eso, cuando llegan a la universidad, el nivel medio suele ser inferior. Quien quiere profundizar busca profesores particulares o escuelas especializadas, pero el sistema es diferente.
—¿Qué le aporta personalmente dar clase?
—La satisfacción de transmitir conocimientos, igual que hicieron conmigo mis profesores. Hoy los jóvenes tienen acceso inmediato a toda la información, pero creo que, precisamente por tenerlo todo al alcance de la mano, muchas veces les falta curiosidad. Antes no teníamos esa facilidad y había que investigar, buscar y preguntar. Intento transmitir precisamente esa forma de aprender: desarrollar la curiosidad y no conformarse con lo primero que aparece en el teléfono.
—¿Cree, entonces, que el acceso inmediado a la información puede acabar matando la curiosidad?
—Yo creo que sí.
—Además de tocar y enseñar, compone.
—Bueno, la composición, para mí, siempre ha sido un hobby. Lo mío es tocar. Me gusta hacer arreglos y componer alguna pieza de vez en cuando, pero antes lo hacía mucho más. Ahora apenas tengo tiempo y, además, considero que mi verdadera profesión es la interpretación. Compongo porque me gusta, porque disfruto creando música que tenga sentido melódico y armónico, pero no me considero compositor. Sí tengo alguna obra estrenada, pero siempre desde esa perspectiva.
—Galicia cuenta con una gran tradición de bandas de música. ¿Qué papel juegan en la formación de los músicos?
—Las bandas son fundamentales. Prácticamente el 99 % de los músicos gallegos hemos pasado por una banda popular. Yo también empecé haciendo pasacalles, procesiones y conciertos en el palco de la iglesia. Hay muchísimos músicos gallegos repartidos por orquestas de toda Europa y también en Estados Unidos. En la última década ha aumentado mucho la presencia de instrumentistas de cuerda gracias al desarrollo de los conservatorios, pero la enseñanza de los instrumentos de banda sigue siendo predominante. Las bandas tienen una función muy importante: acercan la música a los jóvenes sin exigirles desde el principio una profesionalización. Muchos empiezan simplemente por diversión y, con el tiempo, descubren que quieren dedicarse a ello. A mí me ocurrió exactamente eso.
—¿Eligió la trompeta desde el primer momento?
—Sí.
—¿Por qué?
—La verdad es que no lo sé. Me hago esa misma pregunta muchas veces. Siempre tuve una fijación especial por la trompeta, pero no sabría explicar el motivo.
—¿Hay antecedentes musicales en tu familia?
—No. Mi padre era cartero y mi madre ama de casa. Tengo dos hermanos mayores y mi padre intentó que los tres nos acercáramos a la música, aunque al principio no hubo demasiado éxito. Él era un gran melómano y siempre decía que era un músico frustrado. De joven le habría gustado cantar en una orquesta de verbena, pero nunca pudo hacerlo. Cuando vio que yo empezaba a avanzar, me acompañó absolutamente a todo: cursos, clases, ensayos, conservatorio y actuaciones con la banda. Siempre estuvo a mi lado. Lo más cercano que tenemos dentro de la familia es Luis Emilio Batallán, que es primo de mi padre y primo segundo mío. Todos los Batallán que existen en el mundo salen del mismo pueblo, Moraña.
«Con 14 o 15 años descubrí la Orquesta Sinfónica de Chicago y supe que quería dedicarme a la música sinfónica»
—Después de haber alcanzado algunas de las metas más importantes que puede tener un músico, ¿qué retos le siguen ilusionando? ¿Qué le queda por hacer?
—Siempre quedan cosas por hacer. En el mundo de la música nunca se termina de aprender. Siempre hay nuevas composiciones, nuevos conciertos y nuevos instrumentos por desarrollar. Trabajo con una de las marcas de trompetas más importantes del mundo, Vincent Bach. Hace poco se presentó un modelo en cuyo desarrollo he participado. No está diseñado exclusivamente por mí, pero sí he tenido una influencia importante y, por decirlo de alguna manera, se ha convertido en mi modelo. Está teniendo muchísimo éxito. Además de eso, me interesa seguir investigando sobre instrumentos y estrenar nuevas obras. En la música nunca se deja de aprender.
—¿Ese modelo de trompeta tiene nombre?
—Sí. Es una trompeta en Do Bach, el modelo Chicago, también conocido como Esteban Batallán. Una de sus piezas lleva la inicial de mi nombre: «25E» y ese modelo ha acabado identificándose conmigo. De hecho, la propia marca especifica en su página web que ha sido desarrollado en colaboración conmigo.
—¿Y qué la hace diferente a otras trompetas?
—Está basada en la trompeta original que utilizó Adolf Herseth, solista de la Orquesta Sinfónica de Chicago durante 53 años. En 1955 la orquesta encargó cuatro trompetas especiales, conocidas como las Bach Chicago. Formaban parte de una serie de once instrumentos, de los que se seleccionaron cuatro para la orquesta. Herseth utilizó una de ellas durante prácticamente toda su carrera, hasta su jubilación y también en sus años como solista emérito. Era una trompeta con unas cualidades excepcionales. Hasta hace poco no se había podido estudiar en profundidad. Durante los últimos cincuenta años, la marca comercializó otros modelos llamados Bach Chicago, pero ninguno reproducía realmente el instrumento original, que es el que hoy tengo en mi poder gracias al puesto que ocupo. A partir de ahí comenzamos a trabajar con la marca para rediseñarlo tomando como referencia ese instrumento tan especial. Salvando las distancias, sería algo parecido a un Stradivarius dentro del mundo de la trompeta.
—¿Cuántas trompetas tiene usted?
—En los últimos años me despertó mucha curiosidad la construcción de instrumentos de finales del siglo XIX, sobre todo trompetas alemanas de cilindros, y empecé una pequeña colección. Tendré unas 75 u 80.
—¿Todas se pueden tocar?
—Solo compro instrumentos que pueda utilizar. Es cierto que unas diez o quince todavía necesitan restauración, porque eso requiere tiempo y dinero, pero me apasiona recuperar trompetas de más de cien años y devolverles su funcionalidad. Yo no hago la restauración personalmente, pero trabajo con luthiers especializados. Cada instrumento tiene unas cualidades sonoras diferentes. Al mismo tiempo, tampoco quiero olvidar que los instrumentos modernos son excelentes. Simplemente me interesa investigar la tradición del instrumento, conocer de dónde viene y descubrir el trabajo de distintos fabricantes.
—¿Cuál es la más antigua?
—La más antigua perteneció a Christian Rother Kirchem, el primer solista de la Orquesta de Chicago. Fue el instrumento que utilizó en el primer concierto de la formación, en 1891. La trompeta fue fabricada en Alemania entre 1870 y 1875. Rother Kirchem la llevó consigo a Estados Unidos en la década de 1880 y, cuando abandonó la orquesta, el instrumento permaneció allí. De hecho, sigue siendo propiedad de la Orquesta de Chicago.
—Para terminar, ¿qué consejo daría a un niño o una niña gallega que empieza hoy a tocar un instrumento?
—Lo primero, que lo viva como el hobby que más le gusta. Esa es la mejor forma de engancharse a una actividad nueva que, además, requiere cierto esfuerzo. Sentarse a estudiar un instrumento en lugar de salir a jugar no siempre es fácil; bueno, hoy quizá habría que decir en lugar de coger la tablet. También es muy importante formar parte de una banda. No se trata solo de tocar: haces amigos, convives con personas de distintas edades, aprendes respeto y descubres lo que significa trabajar juntos por un objetivo común, que es hacer música y disfrutar de ella. En una banda también se aprenden muchos valores. Por eso, animaría a cualquier joven que empieza a que encuentre aquello que le ilusione: tocar con sus amigos, participar en una fiesta, subir a un escenario o sentir el aplauso del público. Que se aferre a esa ilusión, porque la música es un mundo realmente precioso. Ojalá muchos decidan recorrer ese camino.
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